Un balcón al corazón II

mamá
Un Balcón al corazón

Capítulo I: El pasado de Mamá (segunda parte)

Continuación de http://wp.me/p7dJa3-m8

“Todo empezó cuando mamá le conoció, era tan atractivo pero, a la vez, tan irresponsable y descuidado que el abuelo advirtió a mamá sobre su desacuerdo a que contrajera matrimonio con él. Sin embargo, no pudo ver a su única hija completamente enamorada y, al mismo tiempo, tan infeliz.

El mundo para la recién pareja era maravilloso hasta que nací, un caluroso día del mes de julio. Papá empezó  no ir por casa, y mamá se quedaba horas enteras e incluso días sola, atribuyendo las salidas de papá a su nuevo trabajo, que no era otro que la ardorosa tarea de ser un vividor.

Mis padres residían en un pueblecito al norte de Edimburgo Stonehaven, y cómo no, los cotilleos iban y venían como el viento, hasta que volaron a los oídos de mi madre.

Una tarde llegó Jane a tomar el té y le sugirió que vigilara a Tom, mi padre, pues la engañaba con otra. Mamá sufrió un desvanecimiento, debido al duro golpe que recibió al caer estuvo varias horas inconsciente.

Tom, mi desconocido padre, se dio cuenta que si perdía a mamá tendría que trabajar, por lo que sus salidas y ausencias dejaron de ser motivo de preocupación y, de nuevo, todo parecía estar arreglado.

Cinco años más tarde mamá era feliz y no recordaba para nada aquellos primeros años hasta que se percató, la idea iluminó su cabeza una mañana temprano, mi padre la engañaba con Jane.

Aquella misma tarde hicimos las maletas y fuimos organizando la mudanza para salir semanas más tarde.

Por la noche mi padre apareció algo más que bebido, mamá estaba despierta cuando él entró en la habitación, dispuesta a exponerle su decisión. Desde mi habitación podía oírles, esa noche escuché algo espeluznante y que con tan solo seis años no podía comprender.

  • Tom, he decidido marcharme y me llevo a Liz conmigo, pero descuida que te dejo la casa para que puedas traer a todas las mujerzuelas que quieras.

Algo no encajaba en aquella discusión y era el tono sedoso de mi padre.

  • Cathy, sabes que estás irresistible cuando me amenazas con tus ironías.- Dijo tranquilamente.

-¡No son ironías! – Contestó mamá indignada y confusa.

Solo podía escuchar las pisadas de papá, lentamente, que se iban a acercando a mamá.

-¿Tom qué te pasa estás mal?- Él la miraba con la mirada perdida en otro mundo mucho más oscuro.

Luego oí a mi madre gritar y llorar, pero permanecí paralizada. Papá se reía de mamá y parecía disfrutar, algo ocurría en esa habitación que años más tarde entendería y odiaría.

Mientras solo lloraba en mi habitación, él no parecía mi padre.

  • Ahora ya puedes marcharte con tu hija Cathy, espero que no me olvides.- Terminó diciendo papá al cabo de un rato.

-¡Juro por Dios que no te olvidaré y te odiaré por siempre!- Gritó mamá mientras golpeaba su pecho.

Mi padre salió del cuarto y cerró la puerta, permaneciendo unos segundos ante ella.

¿Quería hacerle más daño, qué pensaba? Luego descendió las escaleras y se marchó, desde entonces no lo he vuelto a ver y ya han pasado once años.

¿Se acordará de que tiene una hija?

Pero lo que él desconoce es que fruto de aquella última noche nació mi querida y traviesa Cathy.

Mamá lloraba, con la ropa hecha jirones, encima de la cama, cuando me atreví a entrar, sin pronunciar palabras me rodeó con sus brazos y sollozando murmuró  -Ruego a Dios que nunca le pase esto a mi hija.-

Fue en ese momento cuando me prometí no casarme nunca.”

Caminaba recordando aquella desdichada historia cuando grité sobresaltada, un muchacho había pasado por un charco y me había calado, sin bajarse de la bicicleta se había disculpado quitándose el sombrero. ¡Chicos!

Llegué hecha una fiera a la tienda del señor Kerr, pero antes de entrar miré al cielo y pensé que no merecía echar a perder un día tan espléndido como ese. Así que entré en la tienda con una de mis mejores sonrisas.

-¡Buenos dí…- Comencé a decir pero delante de mí estaba el engreído que me había mojado.

Murmuré -¡Cómo si no hubiese más tiendas en la ciudad!- Él pareció oírme y para disgusto mío sonrió aún más.

-¿Querida Elizabeth te ocurre algo?- Preguntó el señor Kerr.

-No… bueno…la verdad- Tartamudeé.

-La verdad es que me he olvidado en casa una cosa.- Mentí para salir de allí.

  • Sí es por mí, yo ya me iba.- Dicho y hecho, así salió el chico de la bicicleta de la tienda, pero no antes de ver mi expresión de enfado.

Cuántas veces me habían repetido que manifestar mis sentimientos era una falta de educación en público. Aquel desconocido parecía leer mis pensamientos y hacerlos aflorar.

Terminé de comprar y regresé a casa, el día seguía radiante pero para mí ya había terminado, gracias al odioso presuntuoso.

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