A este lado de las cosas


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Esta historia comienza por el final, cuando ya te has hundido y has reposado en esa fría arena del fondo abisal por un tiempo, un letargo curativo, regenerante, refrescante y de autoafirmación.

Una voluntad interior surge de ti, como la lava de un volcán que ha estado, supuestamente, inactivo, mientras que en su fondo fundía las rocas más duras, como una olla interior, como un Vesubio a punto de rugir, de soplar con fuerza un viento de cambio, de arrasar con toda la locura de tu vida y de huir, de correr con todas tus fuerzas de la locura de los demás.

Porque somos los supervivientes los que vemos lo bueno, lo más sencillo en cada pequeña cosa y nos hemos quedado con la parte de esa locura que nos llenaba de vida.

Esa locura que anhelan los que te quieren, tus familiares, tus amigos y que desean que vuelva, que vuelvas a ser tú. Esa persona vital que llenaba de sonrisas, canciones, juegos e historias sus vidas, de amistad sólida y sincera, rota y ciega por la vida. Y allí están todos esperándote, esperando tu regreso, extrañados de tu cambio, anhelando tus palabras.

Palabras que ya no expresas porque no confías en nadie y porque temes sobretodo que te fallen las personas a las que más querías y que has apartado de tu vida protegiéndolas de tu desgracia, de tu locura o de los males de otros.

Son esas personas las que comienzan el viaje hacia el lado bueno, portando cicatrices que ya se irán curando, un viaje en el que no hay marcha atrás, todo retroceso y todo lo que impida avanzar es un lastre, un ancla que no están dispuestos a llevar porque saben que nunca más tocarán ese frío fondo, por nada ni por nadie.

Dentro de éllas hay una risa auténtica, un abrazo inmensamente sincero y su cariño es tan infinito como el universo porque han descubierto que el lado bueno estaba en ellos mismos si se atrevían a asumirlo, a agarrarlo, a palparlo y a no dejarlo marchar para así darlo y contagiarlo a los demás.

Aunque sigamos un poco oxidados por tanto daño es tan grande la alegría de ser tú, sin complejos, con defectos, espontáneo, libre y más que nunca amado de verdad, que cualquier miedo ha merecido la pena y el cruel dolor en el pecho.

Lo peor del viaje se divide entre fantasmas que apartas como a las moscas, diciéndoles que esta miel ya no se toca, ni se prueba, ni se deja comer, la otra parte peor la confianza tan gastada.

Porque, os aseguro, ¿cómo te quiebras cuando confías? y aún mejor ¿cuánto amor ganas quebrado y confiado?

A este lado de las cosas coloco el abrazo más loco que me han dado, el abrazo de la amistad sincera que no pide explicaciones y que llora tu dolor contigo, un abrazo en el que te ves a ti mismo pidiendo disculpas por haberte ido, por haberte perdido, por no haberlo sabido hacer bien. Abrazo en el que agradeces todo y ese te quiero al oído que te devuelve a la infancia.

El lado bueno de las cosas no es perderse, sino encontrarse para recuperar lo bueno extraviado.

El lado bueno de las cosas

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