La impotencia

La impotencia es ese grito ahogado 
que carraspea en la garganta.
La impotencia son lágrimas derramadas
mientras se piensa qué hacer.
La impotencia es una ansiedad constante
mientras solo nadas en círculos
sobre ti misma.

La impotencia ciega y autodestruye cruelmente,
ante la inmadurez o la falta de autocontrol
para saber ser, dar y estar.
La impotencia nos llena de debería hacer,
privándonos de hacer,
o nos lleva a hacer lo contrario 
de lo que queremos hacer.
La impotencia nos oprime, nos aisla, nos paraliza.
La impotencia nos lleva a ser crueles y despiadados,
por no saber cómo acertar.
No sabemos nada, mientras,
estalla la impotencia,
arrasa, grita, escupe, chilla, derriba.
La impotencia es activa y tóxica,
incontrolable.
La impotencia es bucear en un mar en penumbras,
nadando hasta agotarse sin rumbo,
sin brújula, sin sentido y sin dirección.
La impotencia nos muestra la meta,
pero no llegamos.
La impotencia es hacerlo todo mal,
el caos más absoluto, la pérdida de la razón.

Solo manda el YO, cuando buscas un TÚ.

La impotencia imposibilita un nosotros,
castigando al otro o a nosotros.
Lo único bueno es que la impotencia es transitoria.
Lo realmente malo son los daños que deja a su paso.

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