La Mecedora

La mecedora

La mecedora

Te veo, sentado en tu mecedora preferida,
tu mirada perdida en el horizonte,
ojos cansados, perfil pétreo, piel de niño asustado,
el peso del mundo en tu espalda dolorida.
Me acerco y me miras,
siento tu corazón encogido,
acerco un dedo a tus labios,
-no hables, cielo,
-no digas nada, vida.
Me siento en tus piernas,
acerco mi cuello a tu rostro,
y meciéndonos, entierras tu cara en mi cuello.
Siento tu dolor resbalando por mi piel,
-báñame con él, que yo lo secaré.
Te abrazo más fuerte, acariciando tu cabello negro y plata.
Tus labios comienzan a beber el olor de mi cuello
y la sal de tu dolor;
dulcificando mis caricias,
mis manos se pierden en tu camisa,
buscando el calor de tu corazón estremecido,
acaricias mis pechos por encima de mi ropa,
me aferro a la caliente piel de tu espalda,
tus manos descienden a mi falda,

busco clavarme en tu boca.

Tus dedos intentan hacerme brotar mar,
mis manos descienden buscando tu faro.
Buscamos perdernos y encontrarnos
apartando la espesura de la ropa,

abriéndonos paso hacia la senda del olvido del dolor.

la mecedora
La mecedora
Haciéndonos un hueco en el alma y la piel,
meciéndonos en nuestro mundo,
en ese mundo que ahora se ha detenido
para tenernos tan solo a nosotros.
Aquí, ya y ahora,
me subo en ti y me llenas,
me arqueo, me besas,
te meces, me estremeces,
beso y me alzo,
beso y me bajo,
Labios, manos, ojos,
en el vaivén de nuestro mecer.
Tus pies se aferran al suelo,
 susurro tu nombre mecida por tu ritmo,
remueves mis mareas,
irrumpes con fuerza más adentro,
veo el fondo del mar,
con la mirada turbia y empañada por el deseo me miras,
pronuncias mi nombre,
y rompe tu ola abrasadora en mi interior.

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