Ojos de Gata

Ojos de Gata

Vivía apartada de la ciudad, lejos del bullicio de la noche, de los callejones oscuros y de las entradas sin retorno a un mundo que se abría a mis espaldas sin apenas darme cuenta; como una lluvia torrencial que te baña de improviso y te cala de por vida.
La película había durado más de lo normal haciendo que perdiera el último autobús, el próximo tardaría bastante en llegar y estaba sola en aquella oscura carretera. Unos metros a la izquierda vi la tenue luz de un bar con las persianas a medio cerrar y me encaminé hacia allá. Me senté en el borde de la ventana mientras encendía un cigarrillo, mirando los faros de los coches al pasar.

El bar “Ojos de Gata”, como la canción de aquella época, parecía cerrado, solo estaba iluminada la barra de madera, sin embargo podía escuchar una envolvente música en su interior, como invitándome a observar. Me pareció oír la suave voz de una mujer, como un canto de sirena cadencioso, elevándose… La curiosidad de los ojos condujo mi mente a los espejos tras la barra donde se reflejaban vasos y bebidas perfectamente colocadas y en el centro de aquel escenario un apuesto camarero al que durante mucho tiempo intenté poner rostro, sobre la barra una larga cabellera extendida como una cascada, la boca de aquella sirena entreabierta mientras bebía las copas y los labios de su amante, entregado a servirle únicamente a ella aquella noche.
Hipnotizada por el magnetismo que desprendía la silueta de la misteriosa mujer yaciendo desnuda sobre la fría madera de la barra apoyada sobre unos finos tacones, me fui llenando de aquella única función para dos, mis sentidos se llenaron de música, de alcohol, de una ardiente pasión que no había experimentado nunca. Esa oscura noche me convertí en aquella sirena maestra de la más profunda sensualidad.

ojos de gata

Su cuerpo se tornaba en arco mientras su amante derramaba licor, que sediento iba bebiendo con sus labios carnosos, desde su cuello hasta sus senos excitados que eran devorados como dulces y tiernas guindas. Las manos de ella se perdían en los botones de aquella camisa que se resistía a desaparecer presa de aquella boca que la volvía cada vez más voraz, resistiéndose a dejarse hacer. Su amante siguió bebiendo del vaso de su ombligo, mientras acariciaba sus delgadas piernas hacia la cara interna de sus muslos, los dedos fueron despertando su sexo pausadamente, ella extendía sus brazos a lo largo de aquella barra nadando bajo los dedos de su amante, gimiendo al sentirlos dentro, gozando de aquellos dedos de pianista componiendo música en su interior. Alguna tecla negra debió presionar magistralmente, pues la aguja del tacón de la sirena se clavó en el pecho de su amante haciendo que éste se retirara hacia el fondo de la barra, donde las luces iluminaron sus perfectas facciones, sus ojos ardientes de deseo y una especie de adolatría hacia el objeto de su pasión.
La sirena se sentó de cara a aquellos espejos, encerrando al camarero entre sus piernas extendidas, sostenida por sus tacones de aguja sobre el estante de las botellas. Derramando uno de los licores sobre su ardoroso sexo, llenando su boca con aquel licor, el espejo, el camarero y yo oímos su dulce y directa voz en un fulminante “bébeme, ya”. Los labios de él apresaron su cara, llenándola con fuerza con su lengua, una y otra vez, como un preludio de lo que iba a hacer en el lugar donde brillaba el licor con más fuerza, ella clavó sus uñas en la espalda obligándolo a descender, a aplacar su sed y a darle paz a aquel tormento entre sus piernas. Su boca lamió cada gota de licor, recorriendo ese serpenteante río de licor hacia la locura, explorando sus profundidades con su lengua una y otra vez, hasta que no quedara nada, absorbiendo su rica vulva que iba bañándose de miel.
La armonía de los gemidos contagió todo mi cuerpo, descubriéndome a mí misma empapada por aquella clase magistral de sensualidad, mi cuerpo ardía, se estremecía y convulsionaba como el de ella, sin ser tocada, solo la fricción de mis piernas mostraban lo que sentía tan dentro. Los dedos de él subieron hacia su boca entreabierta recibiéndolos con frenesí, los envolvió entre sus labios, los succionó al compás de la lengua de fuego en sus entrañas y en un grito final los mordió, mientras sus tacones temblaban entre las copas y botellas, y él sujetaba su cintura en un fuerte abrazo para que no cayera presa de aquel orgasmo. Fundidos en un largo beso, él recogió cada uno de sus suspiros, mientras yo veía como caía su pantalón y el espejo me mostraba sus firmes glúteos, una espalda donde perderse para no encontrarse nunca más y un bien tallado mástil al que aferrarse y desplegar ámpliamente las velas. La sirena se deslizó por la barra hasta adueñarse con su boca del miembro que deseaba esculpir, cincelar y tallar con lengua, manos y todo lo que su imaginación fuera capaz de ofrecer a su amante. Qué distinta era la armonía de sus gemidos, como el sonido ronco de las olas rompiendo entre las rocas, engullido por aquella boca que succionaba insaciable como un remolino arrastrándolo a sus profundidades, mientras gemía escapando partiéndose en las rocas, aferrado firmemente a las ondas del cabello de su sirena.
Jamás olvidaré la entrega final de aquella enigmática pareja, donde me transformé en las gotas de vapor de aquel espejo del bar. Aquel hombre, al que busqué el resto de mi vida, se sentó en la barra de cara al espejo atrayendo el hermoso cuerpo de su amante hacia él, ella se fue sentando lentamente introduciendo su miembro, mirándose en el espejo, recostó su espalda en el pecho del camarero, con sus brazos hacia atrás rodeando el cuello de él. Yacía en aparente pasividad mientras se iba quemando con las manos de su amante, observando cada movimiento frente a ellos, cada gesto, cada sonido, las manos acariciando y masajeando sus erizados pechos, las respiraciones, las manos descendiendo aferrándose a su cintura, los suaves movimientos de las caderas que afianzaban aquella fusión, el hilo que no los separaba, el firme mástil que los mantenía soldados, resbalando, dulcemente acoplados. Sus bocas se buscaban cada vez con más voracidad, las manos de él apretaban, exploraban todo, abrió sus labios acariciando su clítoris como exquisita flor de terciopelo bajo sus dedos, ella gimió, él gruñó poseído por aquella escena de la que no se sentían formar parte, ajenos a que aquella belleza que contemplaban pudiera ser fruto de su amor y pasión. La sirena se sentó en cuclillas sobre él, sostenida por el filo de la aguja de sus tacones e inició su danza final sobre aquel mástil que la estaba matando por dentro, manaba miel por toda la barra, subió, bajó y lo apresó entre sus labios cuántas veces quiso; él controlaba sus movimientos agarrándola por las caderas, obligándola a seguir su ritmo, tomando el control de lo que creía suyo para no dejarlo partir aún.
Por momentos no se amaban, parecía que luchaban presos de sus pasiones más bajas, los glúteos de aquella mujer lo estaban aniquilando, no quería explotar, no sin ella, pero ella no frenaba subía y bajaba mientras sus senos flotaban libres, él miraba el espejo y los agarraba, los pellizcaba y ella gritaba en aquella dulce lucha, un grito más, una presión más en su miembro y estallaría. Rodeó con un brazo la cintura de su amante forzándola a caer sobre su pecho e impuso el movimiento final, penetrándola con fuerza sin dejar de torturar su vulva, hasta romperse a la vez en un grito ensordecido como el de una presa al desbordarse, inundando sus ojos, ahogando sus respiraciones.
Vi las fuertes luces del autobús y escapé de allí, del Bar “Ojos de Gata” que nunca volví a encontrar, de aquella noche en la que una puerta del tiempo se abrió para no poderla cerrar.

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