Ojos para qué os quiero

“¿Quién te enseñó a mirar con alas en las pestañas, mujer?
¿Quién le dio poder a la llama para crear una hoguera cada vez que miras?
Porque cuando te miro me abrasas el corazón,
me quemas hasta la ropa y arde mi alma
en este duelo por amarte eternamente.
Y cuando no veo tus ojos me pierdo en esta ausencia,
pues es tu mirada la estela de un cometa
que colma mis noches con su luz.”
Nunca aprendí a ver los objetos que había sobre una mesa como seres inertes, como una naturaleza muerta. Un abanico medio abierto en colores azules, salpicado de flores alegres una taza de café y su inseparable amiga la cucharilla o una simple brisa en el servilletero, creaba el marco perfecto de un feliz encuentro.
Pasea una sonrisa, por mi derecha, que desentona con su mirada incómoda y me pierdo en otra historia que aparto de mi mente pues porta tormentas en sus párpados caídos.
Un cálido roce sobre mi mano izquierda devuelve mi latido a esa historia que he dejado sobre la mesa, apenas unos segundos antes. Una franca sonrisa que invade mis ojos, tan serena, tan tuya y me cuelo en ti, y te dejo adentrarte en las ventanas de mi alma, que tan solo tu sonrisa hace que se abra de par en par.
Recuerdos de esas rejas oscuras que trazaron un sinuoso lazo hacia tus ojos un tiempo atrás… Cuando ya te había visto pero no te había mirado. Cuando en mi descubrimiento del mundo observando más allá de la ropa, los gestos, los comportamientos, hallaba en los ojos lo que las almas guardaban. Donde encontré miradas de las que escapar, para no perderse nunca en ellas ni para dejarse encontrar.
Siento de nuevo ese vértigo que es adentrarse en el laberinto de tu mirada y ver más allá… El cuerpo desaparece y entras en paisajes montañosos, ríos caudalosos; en eso sonido tan parecido al del mar pero son tus latidos los que escucho, y hay alegría y tristeza, y una inmensa ternura contenida, no entendida, relegada al margen de aquellos que no sienten, de aquellos imitadores de lo inerte que constituyen la naturaleza muerta de los oscuros bodegones.
Sigues sosteniendo mis manos y me vuelvo a sonrojar, nunca ha sido timidez sino la capacidad de ver más allá, si para mí estabas desnudo ante mis ojos así me sentía yo, escondiendo de tu mirada cada rincón de mi alma.
He conocido tantas almas como miradas, ninguna ha sido esa magnífica aventura de encontrarme con los miles de acertijos que descubrí en un salto del corazón a  mirada descubierta.

Deja un comentario