Sobre el odio y el perdón

Llevo unos días dándole vueltas a esta idea, me refiero al odio. Usamos esta palabra muy a menudo “odio esto…”, “odio aquello…” pero no solo eso, realmente odiamos. Vamos esgrimiendo el odio por la vida como una espada de Damocles, buscando un culpable a quien ensartar con nuestra espada.
Cuando no encontramos a nadie sobre el que verter nuestro odio o nuestra incomprensión por lo que sucede, muchas injusticias diarias que escapan de nuestra comprensión, muy limitada en muchos casos, acabamos culpando a Dios, como he leído en el caso de la muerte de la pequeña niña de la voz.
Un angelito lleno de energía que se ha ido lejos, con sus cantos, su fuerza al bailar y su sueño cumplido.
Vidas llenas de odios y perdones.
Mi infancia no fue un camino de rosas, aunque nunca perdí la sonrisa ni las ganas por ser feliz, mi madre estaba enferma y cometió muchísimos errores, de esos errores que te marcan de por vida. Pasando por alto muchas cosas diagnosticamos “grandes carencias afectivas”.
No podía vivir con ese odio dentro, te quema, te convierte en alguien que no eres y entonces, trasciendes… Me meto en sus zapatos y me encuentro con una pobre “niña-mama” que ha sufrido mucho, muchísimo, que ha repetido muy malos roles que la vida le enseñó y que ella misma ha trascendido, la vida le ha dado la oportunidad de reparar el daño, pedir perdón y por supuesto, ser perdonada.
Porque tenemos que perdonar, tenemos que perdonar cosas que parecen imperdonables.
Imperdonable me parecía hundir a un hijo hasta el límite de llevarle al suicidio, coger una escopeta de caza y pegarse en tiro en la boca, cabeza…no lo sé.
Aquel ángel guapo se mató, era tan bueno, tan dulce… Pero para su padre nunca era lo bastante bueno, nunca. Acabó metiéndose en una espiral de mentiras para complacer a su padre, años en los que él estuvo orgulloso de sus éxitos, pero todos eran una mentira. Y un día, esa gran mentira les estalló en la cara como aquella bala de escopeta.
Ha sido una de los sucesos que más tiempo me ha llevado superar, comprender y, finalmente, perdonar. Pensé que nunca perdonaría a ese “asesino psicológico”, me enfermaba estar en su compañía, oír su nombre. Un día dejó de doler la pérdida de mi querido angelito, ese fue el primer paso para poder perdonar a su ejecutor.
Un pobre hombre muy infeliz que llena su vida de banalidades y superficialidades para llenarla de algo de color. Buscando desesperadamente el perdón de sus seres queridos. ¿Podrá perdonarse él? La respuesta es no.
Y mi vida seguía como en una especie de propensión a estar rodeada de odio, crueldades y brutalidades. Conocí a una persona con la que tuve una “larga relación”, desgraciadamente era un alcohólico y cuando el veneno hacía su efecto mi vida corría peligro. Violencia de género y sus largas secuelas, y una sociedad basada en el odio y en apuntar con el dedo cuando no sabe ni entiende nada.
Afortunados sois los que no conocéis el terror, el silencio, la anulación, la gran vergüenza que se siente. Y la impotencia de llamar a puertas que tardan siglos en abrirse. Mientras de puertas para afuera “él” es una grandísima persona y “tú” un bicho raro.
Tras asimilar todo esto, a base de comprender, entender y trascender. Perdonas y no odias. Perdonas y educas, orientas e incluso ayudas a esas personas que te han cegado de odio. Perdonas aún sabiendo que no van a cambiar que son personas muy limitadas emocionalmente.

Perdonas por tu bien y punto.

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