Tierras inocentes 

Tierta
No nacieron ninfas para quedar atrapadas en redes

Cuando me dirigía hacia la tierra que no me había querido, miré desde la ventanilla del tren al cielo gris que apagó mis años, observé el verde oscuro de los árboles y la parduzca tierra de arcilla. Y les hablé…

Hablé a los montes y a las hojas, me disculpé porque a pesar de su belleza no eran las culpables de la sangre, dolor y lágrimas de esas fieras con forma humana.

Existen sitios preciosos llenos de horribles monstruos, y sentí la impotencia de la tierra estática y de los árboles con ramas pero sin piernas para aplastar el mal.

Vi a una ninfa hacerse mujer, atrapada en la gran telaraña de engaños, pero su tierra le tejió un par de alas hermosas ante el agravio del daño.

Vi a un hermano contener la ira, y un gran circo de payasos sin gracia a mi alrededor.

No me arrepiento de dar la espalda a un demonio con manos mugrientas, por la sangre de otras vidas y el llanto de tantas madres.

Y no fui capaz de doblegarme al falso picnic que ante mí se representaba. Preciosos manteles, sonrisas de hienas y amores tan desfigurados como sus propios rostros.

Contemplé el paso ligero y la espalda tensa de quien amaba y partía, engullido por el subsuelo de ese infierno. Acelerando el caminar para huir del gris del asfalto y el cielo.

Vi crecer personas mientras otras se embilecían aún más, como sino existiera límites en la evolución de las bestias.

Supongo que todos los que nos dejamos algo honesto allí seguimos tocados, pero no hundidos.

Aprendimos que los valientes vamos solos, sin séquito, sin títulos y sin espadas de hojalata.

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