Un balcón al corazón

Nota del autor: Esta historia inacabada la empecé a escribir con 16 años, en una máquina de escribir que siempre se quedaba sin tinta, pretendo transcribirla tal como estaba. Una chica de dieciséis años que se adentraba en la aventura de escribir su propia idea de novela romántica después de haber devorado colecciones del mismo género literario: Victoria Holmes, V.C Andrews, James Austen. Al ser extensa la dividiré en partes, compartiendo con los lectores cada martes costumbrista.

Capítulo I: El pasado de Mamá (primera parte)

mamá
Un Balcón al corazón

He abierto el balcón de mi habitación, después de tantos días de incesantes tormentas casi no se podía abrir. Unos pajarillos han revoloteado por encima de mi cabeza y, ahora, un rayo de luz se filtra por entre las cortinas de mi cuarto, esta luz me hace sentir mucho más fuerte.

Es primavera y las lluvias van y vienen como los pájaros.

– Quizás después de la lluvia venga el amor.- Había comentado, repelentemente, Sally ayer por la mañana en clase, dando a entender que ella sabía mucho del tema.
– ¿Qué sabrá Sally del amor? pensé.
Por lo pronto yo había decidido no enamorarme de ningún hombre, no estaba dispuesta a sufrir tanto como mi madre.
Todos estaban desayunando cuando bajé, con un bonito vestido que tía Claire me había regalado semanas antes por cumplir diecisiete años. Mimí, la criada, servía el desayuno, con su cara de pocos amigos, a mamá y a Cathy.
– Traeme un poquito de leche, Mimí- Pidió mamá.
– Buenos días a todos.- Dije alegremente.
Mamá sonrió y me besó en la mejilla. Estaba radiante, llevaba un vestido azul celeste, su dorado cabello recogido en un moño y unos cuantos rizos rebeldes escapaban de él de forma curiosa. Siempre había sido muy guapa, al contrario que yo, sus oscuros ojos resaltaban en su rostro de manera enigmática, su pálida piel era tan fina que más que un ser humano parecía una muñeca de porcelana que al caer se rompe.
A su lado estaba mi hermana Cathy, una traviesa personilla de ocho años, con unos ojos verdes que mataban y una naricilla respingona salteada con pecas.
– Liz, necesito un cuaderno de dibujo y unos lápices de carboncillo, ¿puedes ir a comprármelos?.- Me rogó la pequeña Cathy, pero más que un ruego parecía una amenaza con esa mueca en la boca.
Asentí y después de desayunar me encaminé a la tienda del señor Kerr. Daba gusto ver cómo en los escaparates iban apareciendo nuevos trajes mucho más luminosos que anunciaban el término del largo y pesado invierno.
La verdad era que casi todas mis amigas estaban prometidas e incluso algunas iban a casarse dentro de un año.
Éste era el caso de Bethy, mi mejor amiga…parecía mentira, ¿cuántas veces le había advertido sobre el pasado de mi madre? Pobre tonta!, si supiera como son…

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