Una noche en fiestas

Fiestas, verano, calor y diversión, esa combinación ha traído a mi memoria una fugaz, intensa y apasionada noche de feria en la que conocí a Fran.
 Debo confesar que pocos detalles retengo en mi memoria de aquella caseta en la que bailaba, de la música que sonaba y del número de copas y rebujitos que llevaba a esas horas en el cuerpo.
 Pero el recuerdo del momento en el que Fran se acercó a bailar conmigo y todo lo acontecido después, lo conservo en cada fibra de mi ser, inalterable e imborrable, forma parte de la memoria de la piel, aquella que no olvida los besos que la han abrasado.
cuerpo

Calor, aquella minifalda de vuelo tan corta acariciando mis piernas cada vez que daba una vuelta para acabar pegada un instante el perfecto cuerpo de Fran, para separarme después una y otra vez, alejándome y acercándome a su piel, prolongando, cada vez más, los momentos de contacto con su cuerpo.

Ni siquiera me estaba acariciando, besando o buscando más intimidad en alguna parte de mi cuerpo, tan solo bailabamos mirándonos, quemándonos con la mirada.
Mis sentidos aquella noche estaban muy alterados, cómo podía estar humedeciéndome en un baile de miradas. Todo él me afectaba de manera inexplicable, desprendía puro magnetismo, quería su olor, sus manos, su boca. Mi mente bailaba sola, y mi cuerpo bailaba con él.

– Vámonos de aqui.- Le dije, al oído.

– Me iba a pedir una copa, hace mucho calor.- Contestó con media sonrisa.
Mis ojos eran del color del calor que sentía en aquel momento.
– Vámonos ya.- Estaba ardiendo por dentro.
Me miró con una intensidad que sentí cómo penetraba en todos  mis pensamientos, elaborando un mapa mental de lo que iba a pasarle a mi cuerpo, a mi falda y a mi piel aquella noche mágica.
Salimos de la mano del recinto ferial hacia su casa que estaba muy cerca, la música de las casetas y cacharritos se oía de lejos y estaba empezando a amanecer.
Nos paramos un momento y me besó, nos besamos o nos fundimos, fui consciente de que a él le estaba pasando lo mismo que a mí, en ese beso que quería beberse mi vida y perderse conmigo en un mundo de caricias prohibidas.

–  Niña, no sabes lo que desatas. Me tienes a punto de explotar con solo mirarte. Y esa maldita falda me está matando.

Seguimos camino de su casa pero él se colocó detrás de mi, cogiendo mi cintura, su mano acaricio mi trasero por debajo de mis andares voladores sobre mis tacones. Para introducirla luego por delante, abriéndose paso entre mis braguitas. Dejé caer la cabeza hacia atrás, él besaba mi cuello, extendiendo las sensaciones por todo mi cuerpo, su mano seguía tranquila, suave y deliciosamente acoplada a mi sexo.  El marcaba el rumbo del camino, haciéndose cargo de mi cuerpo entregado a sus intensas caricias.
Vi pasar un coche y miré mi falda, la tenía completamente levantada por delante, aunque la mano de Fran se encontraba por dentro de mi ropa interior. Me intenté tapar, pero él no me lo permitió.
Noté que se separaba de mí, habíamos llegado al aparcamiento de su edificio, lo observé colocándome bien la ropa, y su gesto cambió haciéndose pasar por un vecino modélico al ver que empezaban a salir algunos vecinos a trabajar.
Me lancé directamente a su boca, una mezcla de locura y puro salvajismo erótico me había poseído, con un ligero matiz vengativo por haberme hecho caminar medio desnuda aturdida por el deseo de sus manos. Mi boca lo volvió más loco aún, sus manos levantaron mi falda por detrás perdiéndose en mi trasero, pegándome con fuerza a su erección. Mi mano lo acarició y su lengua atravesaba mi boca como los saltos de un río.
Subimos, ni cómo, ni cuándo, está borrado de mis recuerdos. Sé que abrió la puerta con esfuerzos mientras mi mano estaba dentro de su pantalón aferrada a aquella maravilla que respondía ampliamente a mis traviesas fricciones.Con la llave en la mano me dediqué a juguetear con su glande suave, cambiando mis caricias para que no pudiera encajar la llave, me estaba divirtiendo viendo cómo perdía el control bajo mis delicadas manitas.
Todo tiene un precio que en una batalla carnal se ha de pagar, no tientes al deseo porque no sabes cómo puedes acabar.

No hubo tiempo, me aprisionó contra la puerta, mirando de frente, se coló obligándome a separar las piernas, en el centro, echó a un lado la tira empapada de mis braguitas y se empezó a alimentar de mí, bebiéndose los gemidos de mis piernas, su lengua era un puro demonio con vida propia sobre mi sexo, me apoyaba sobre la puerta en arco, se movió para deshacerse de mi ropa interior y sentarse en el suelo, apoyando su cabeza en la puerta, obligándome a permanecer en cruz sobre las paredes mientras, aquella lengua envenenada de puro placer me hacía delirar a mares.
Me temblaban las piernas sobre los tacones de punta, su lengua hacía que a ratos me pusiera de puntillas para escapar de su dulce tortura. Para casi sentarme sobre su boca abierta cuando lo necesitaba dentro.
Exploté en mil cascadas sobre aquella puerta y sobre aquella lengua, que se acompasó a mis estremecimientos, sujetándome con fuerza del trasero para que no cayera al abismo del suelo, tras ese delirante orgasmo.

Llegamos a su cuarto y ahí fue todo para mí, le dí el más torturante veneno lascivo de mi boca, aquello no era sexo oral, era una gruta marina sobre un miembro atormentado por el placer, lo envolvía en ese remolino hasta el fondo de mi boca, cuando estaba a punto de escapar de la corriente de mi boca, dejada que mi lengua acariciara su glande como las olas, pero no lo dejaba escapar del remolino atrayéndolo hacía dentro, una y otra vez, mirándole triunfante cada vez que oía un gemido, tan masculino, de aquella garganta.

Todo para oír el triunfo de mi boca sobre su cuerpo, el grito de mi victoria sería su último gemido de placer.
Lo besé, lo envolví, lo lamí, la llené de corrientes eléctricas una y otra vez, hasta que su sangre se concentró y mi mano lo apresó para darle la merecida muerte dulce en donde estalló en lo que sería su placer y mi melodía grabada en la memoria, su último gemido triunfal.

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